Brotes verdes

¡Que no cunda el pánico, por favor! Esto no va de economía, disciplina en la que tampoco destaco, por cierto. De hecho, me he puesto a escribir compulsiva y desordenadamente tras leer un artículo que había guardado a buen recaudo y cuyo titular me había llamado la atención. Rezaba más o menos así: “un restaurante vegano prohíbe que las madres den biberones de leche de vaca a sus bebés”. Bueno, seguramente la palabra no era “prohíbe”; convengamos en que no les parecía muy bien y en que te lo dejaban ver sin demasiadas ambigüedades.

No seré yo quien penetre en las oscuras profundidades del derecho de admisión. Ni mucho menos quien juzgue a veganos, flexitarianos, vegetarianos o practicantes de otras artes marciales alimentarias. Confío, eso sí, en que los impulsores de la singular y extrema iniciativa reparen en que la madre y el bebé de turno serán miembros de pleno derecho del mundo animal y también en que, por lo tanto, si la alimentación del recién nacido se efectúa sin la necesidad de tetinas artificiales, entonces también debería prohibirse por la misma razón. O no, por razones que a menudo se me escapan.

Lo que no se me escapa es que muchos estamos (muy) confundidos. Que le ponemos mucha voluntad a esto de llevar una vida saludable y que algunos nos hemos lanzado a la carretera sin tener muy claro el destino. Sin saber leer los mapas y sin confiar tampoco en el GPS, que dicen que los carga el diablo.

Unos comen sin gluten para jugar mejor al tenis, como aquél. Otros consumen eco porque tiene mejor sabor, el de toda la vida. Los hay que compran bio para cuidar el planeta, aunque quizás para eso deberían comprar eco, ¡sabe Dios! Y algunos huyen de los aditivos, buscando con avidez por las estanterías productos con etiquetas libres de “E” en las listas de ingredientes. La mayoría de todos ellos seguro que han notado una pérdida de peso inmediata…¡en la cartera! Vivir más y mejor bien vale el esfuerzo, ¿no les parece? ¿Algún médico entre los lectores?

Dicho lo anterior, me gustaría humildemente romper una lanza en favor de la producción, la industria y de la distribución alimentarias. A veces parece que olvidamos que hay que dar de comer a TODA la población. Que hay que hacerlo de forma segura y sostenible. Y no hace falta echar la vista muy atrás para ver lo que se ha avanzado. Lo digo porque deseo que ellos tampoco se confundan. Que sepan interpretar los signos y que actúen en consecuencia. Con serenidad pero con determinación. Y, sobre todo, con grandes dosis de valores. Pues eso nunca pasará de moda.

Hoy leía también la noticia de que un reconocido visionario (y billonario) ha creado una compañía que persigue poder conectar nuestro sistema nervioso, nuestro cerebro, con sistemas computacionales y mecánicos externos. Así, por ejemplo, torpes como yo podremos escribir bazofias como la presente sin necesidad de usar el teclado. Y conducir sin coger el volante. Y gastar dinero casi sin pensar, supongo, a diferencia de lo que ocurre ahora, por supuesto.

Me pregunto si cuando, demasiado pronto según dicen, tengamos más porciones del cuerpo añadidas que criadas, la alimentación será tan compleja como ahora. Si valdrá la pena cuidarse cuando te puedan cambiar las partes dañadas por otras nuevas y de diseño más optimizado. Y si para entonces querremos vivir más años, cuando nos basten unos pocos para despojarnos de cualquier vestigio de humanidad.

Esta noche cenaré en un restaurante crudivegano. Se lo recomiendo encarecidamente.

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