Mar de plástico

Últimamente no hay día en que no desayunemos con alguna noticia negativa relacionada con el mundo de la alimentación. Que si consumir mucho de esto puede provocar cáncer. Que si incluye este ingrediente contribuye a la deforestación del Amazonas. Que si aquél aditivo nos invita a tragar más de lo que deberíamos…

Noticias, a veces, con poco fundamento. Otras claramente influenciadas por grupos de intereses diversos. Muchas de ellas también certeras y bienintencionadas, no lo niego. La mayoría, sin embargo, carentes del tan apreciado esfuerzo de documentación y contraste previos.

No teman, es solo mi opinión. No quiero ponerme muy trascendente ni meterme en camisas de once varas. Hago esta introducción simplemente porque lo que en realidad me preocupa son las consecuencias de toda esta infoxicación. En el comportamiento de los operadores y de los consumidores como usted y como yo.

A este paso, si me permiten la ocurrencia, vamos a conseguir que a las tiendas solamente puedan entrar a comprar smartphones con piernas y cartera. Cyborgs con la capacidad de captar toda la información que estará disponible en los envases, entenderla y procesarla con potentes algoritmos de inteligencia artificial, decidir con ello lo mejor para nosotros, comprarlo, pagarlo y, si me apuran, hasta cocinarlo luego en casa y darnos conversación. Serán, en cambio, territorio hostil para seres humanos normales. Cuando menos para los viejennials.

Porque a los seres humanos normales les cuesta encontrar y leer en los envases todo aquello de lo que parecen advertirles o aconsejan las mencionadas noticias. En el caso de raros especímenes dotados con especial agudeza visual, una vez detectada la información les puede costar entenderla, o incluso pueden entenderla al revés. Y ya no les cuento lo de actuar racionalmente en consecuencia. ¿Lo dudan? Como muestra un botón: en un reciente estudio realizado, los compradores han respondido mayoritariamente que el retailer que mejor trata una determinada tipología de productos es uno que, de hecho, no la tiene desarrollada en su surtido…

Algo falla en nuestra comunicación. Quizá lo más básico.

Hace unos días viajé hasta Almería para conocer a Lola. Ella hace mucho que ya llegó a la conclusión de que debía hacer el esfuerzo de abrir su invernadero y explicar personalmente a todo aquél que pudiera estar interesado lo que pasa ahí dentro. Hacerles ver que viven por hacer un gran producto. Que se preocupan por el medio ambiente. Por su salud. Que lo que más echan en la tierra son gotas de sudor. Y en el ambiente toneladas de sensibilidad.

Lola no esconde nada, ni siquiera a los abejorros que polinizan sus flores. Explica con paciencia y, al final, deja que todos los visitantes (12.000 el año pasado, creo que me dijo) prueben el resultado de toda esa dedicación y cuidado. Me dijo ella también que esas personas, cuando ven su producto en un lineal, ya no dudan nunca más al elegir. Y yo añado de mi cosecha: nunca mirarán tampoco la letra pequeña de la etiqueta. Recordarán y confiarán.

Con reiteración unos y otros cometen el error, muchas veces incluso consciente, de considerar que el destinatario de sus trabajadas e impersonales comunicaciones siempre las va a entender e interiorizar. A la primera, sin mayor esfuerzo pedagógico. Lola, en cambio, elige el camino que dicta el sentido común y que a veces nubla el filtro de la cuenta de resultados. Elige mirar a los ojos. Elige escuchar. Elige no mirar hacia otro lado y no esperar a que lo hagan otros. Quizá sea un grano de arena en el desierto, pero es un grano que puede marcar la diferencia.

¿Ustedes qué eligen?