Marca personal

Hoy he tenido nuevamente la fortuna de asistir a una sesión de formación en el espíritu digital. Se trataba de conocer un poquito más los ritmos y los pasos de baile de la frenética fiesta rave en la que se ha embarcado el mundo. Les tengo que confesar que estuve casi siempre más pendiente de intentar localizar al DJ que de seguir los pies de los bailarines. Por aquello de poderle preguntar cuándo pensaba poner las lentas…

La música de la fiesta no es de mi época, eso está claro. Pero es alegre, sincopada. Me acabará gustando. En cualquier caso, es la que vamos todos a escuchar, al menos hasta que cierren el local. Más nos vale, pues, que tratemos de sentir las armonías, enlazar unos cuantos pasos y que reparemos en la letra de las canciones.

Tras un día muy productivo tratando de identificar los diversos entes y fuerzas que están saliendo a borbotones de la Caja de Pandora, me ratifiqué en que, afortunadamente, esto también va de personas, aunque a veces nos empeñemos en enterrarlas bajo una maraña de reluciente tecnología. De personas con emociones, con identidad, que se esfuerzan por destacar entre la muchedumbre. Muy a pesar de la niebla que nos envuelve a todos.

Personas que nunca han estado más conectadas y que, sin embargo, nunca han estado tan solas. Personas que ni siquiera interpelan a otras personas porque ya tienen la información (?) en el bolsillo de la chaqueta o del pantalón, al alcance de la mano (de los dedos). Personas que se muestran haciendo equilibrios sobre el alambre del decoro. Que necesitan escuchar y ser escuchadas. Que buscan al otro lado de una pantalla lo que siempre debería haber estado enfrente.

Personas a las que cuesta cada vez más tomar decisiones reflexivas sin someterse al escrutinio y al consenso de las redes. Sin contar con la opinión de sus círculos, de sus tribus, de sus iguales. Que confían a menudo en el mejor juicio de los mesías que habitan en las nubes o más allá de ellas.

 

Personas que se están acostumbrando a no poseer, a compartirlo todo. Personas a las que les dicen que no debe preocuparles el fracaso mientras sea rápido. Mientras puedan volver a levantarse y caminar hacia la luz. Respetando siempre las señales de tráfico.

 

A mi, desde hace un tiempo me cuesta leer en la pantalla de mi móvil. La presbicia, ya saben. Quizá por eso me cuesta ver las ruedas de molino y, como todos, debo estar comulgando felizmente con ellas.

 

Como todos mis congéneres, me esforzaré con diligencia en echar contenidos en alguno de los embudos, confiando en recoger con el tiempo algo muy valioso en el otro extremo. Ignorando lo que le pueda acabar pasando al ganso.

 

Bueno, con esto les voy a dejar porque creo que en realidad no entendí nada. Voy a ver si al salir de la fiesta encuentro al dueño de la discoteca. Le pediré que cuando yo me acueste, solo, bajen la música y dejen de gritar. Me apetece relajarme y soñar. Hasta mañana. ¿Y a ustedes?

 

Posdata: Me da la impresión de que este artículo no ayudará a mejorar mi marca personal. Sobre todo porque escribo con seudónimo. Otro error, y van …

 

 

 

Si te ha interesado esto, lee también…