Valor… ¿añadido???

Como no ceja en recordarme la maquinaria del Gran Hermano, desde hace tiempo ronda mi cabeza comprarme un robot de cocina. De esos que, aparentemente, tienen el poder de convertir a un gañán de los fogones en el príncipe de la gastronomía.

La idea no me negarán que es atractiva: un servidor dejaría en un plis plás de ser especialista en variaciones del huevo frito y la apertura estética de latas de fabada, para convertirse en el perfecto anfitrión gracias al dominio de las más avanzadas técnicas culinarias. Cargado de determinación, pues, durante las pasadas vacaciones me propuse elegir el engendro más adecuado a mis habilidades y aspiraciones de mejora de mi aburrida dieta.

La primera fase, la de búsqueda de información, se me antojaba sencilla en nuestro mundo hiperconectado. Escribes la frase en el encontrador y, voilà!, hallas un montón de… datos. Les juro que, pese a mis esfuerzos, no he sido capaz de atinar a saber comparar uno con otro de los ayudantes mecánicos que iban apareciendo. Con nombres, eso sí, que en su mayoría incorporaban mi sueño hecho realidad: “cook”, “chef”, “gourmet” … Me venían también repetidamente a la cabeza las palabras “mona” y “seda”, pero no completé la frase y no me desanimé.

Casi todas las fichas de supuesta “información” hablan de características y funciones que no siempre soy capaz de comprender (¡si las comprendiera no compraría un puñetero robot!). Difícilmente encontré empatía entre los términos técnicos. Nadie me susurró algo como “si está buscando un trasto que le ayude a cocinar cinco recetas cojonudas en cinco minutos y con los cuatro ingredientes que es capaz de reconocer en un supermercado y habitan su nevera… ¡éste va a ser su mejor amigo!” Descubrí en cambio, aterrado, que el principal elemento de “competencia” entre los aspirantes a pinche mecánico es el número creciente de recetas que puedes hacer con ellos, pre-programadas (sea lo que sea eso) o no: 50, 150, con o sin USB para cargar más si las haces todas… Cada receta suma euros en el precio pero, ¿suma valor? Les juro que no sería capaz de hacer una lista de 20 cosas que me apetecería poder cocinar habitualmente. ¿Y usted?

Si me permiten un pequeño salto mortal sin cambiar el foco de mi tesis, otra carrera incesante hacia la “mejora del servicio” no me deja de desconcertar. No hace mucho leía que una conocida empresa española le iba a hacer la competencia a aquellos de la “cola larga” (long tail dicen en sus oficinas), siendo capaz de entregar las compras online en menos de dos horas. Es decir, que si compro mi robot de cocina en su tienda, me lo van a entregar antes de que me desperece y me levante de la silla. ¿Es tal hazaña realmente necesaria? ¿Qué cuesta poder hacerlo? ¿Qué me cuesta o costará cuando deje de sonar la flauta de los encantadores de serpientes? ¿Qué es lo próximo, entregar la mercancía antes de que se ocurra tener la necesidad? (les juro que ya lo están “haciendo”).

Tendremos entre todos que encontrar otra frase afortunada para definir esta tendencia cada vez más común. Yo voto por valor incluido, y así nos fijamos en lo que realmente queremos obtener por el dinero que pagamos, y no dejar que nos hipnoticen los reflejos de las bagatelas que muestran los conquistadores de nuestros continentes indómitos.

PD: Si algún amable lector conoce a alguien que trabaje en el Gran Hermano, por favor dígale que ya me he decidido a comprar el robot, que ya pueden hacer aparecer anuncios de otra cosa igualmente relevante para mí mientras leo el periódico. Gracias.